Como era viajar


  Recuerdo muchas cosas sobre el viajar, cuando el viajar era algo tan simple como subirse a un Renault 12 y entregarse al sueño o al calor durante horas. Pero viajar tenía una previa que duraba una semana y algunas restricciones, ya que  viajar era un plan al que no todos podían acceder en aquellos ochentas democráticos con levantamientos armados, obediencia debida, crisis, huelgas e hiperinflación.  
  Cuidar la alcancía era un rito sagrado al que mi abuela estaba dedicada con persistencia y tenacidad. No podía ni acercarme al frasco de vidrio en el que durante un año había dejado mis ahorros. Sin que ella me viera yo lo abría y apilaba billetes arrugados de distintos colores. El día de salir, ella me ayudaría a sacar y contar el contenido.
  Someterse a la marea de actividades comandadas por mi madre y ejecutadas por mi padre era la rutina antes de salir. El auto, sus sonidos nuevos, las cañas, los canastos, las viandas, el equipaje. Todo en un modo acelerado. Corriendo, gritando. El agua, la luz, el vecino, la manguera, las notas sobre la mesa al ocasional cuidador de la casa y las plantas. El felpudo, las mascotas, los escondites para las llaves de atrás o de los cuartos, las bicicletas, las despedidas, mi abuela sonriendo y nosotros yéndonos en la madrugada , atrapados en nuestros humores matinales y el de nuestros padres, sin haber comido, con frío, envueltos en aquella extraña forma de felicidad.
 Los viajes a la playa nos gustaban porque sabíamos que no íbamos a tener que pasar horas encerrados en el auto, con las ventanillas abiertas, repasadores como cortinas y mi madre estirando su brazo para evitar contactos bruscos entre hermanos. Después de los primeros kilómetros  íbamos despertándonos; mi padre nos miraba por el espejo retrovisor con sus Rayban verdes y después de preguntarnos como estábamos, nos contaba una historia del campo, de la luz mala, de paisanos que imaginábamos espantapájaros solitarios mientras pasábamos de la escucha atenta a risas excitadas y golpes de puño.
 Recuerdo una vez, en San Bernardo, que hubo una complicación con el lugar que habíamos alquilado. Quedaba lejísimos de la playa ya que por aquel entonces lejos eran cinco cuadras. Mi madre, al bajar del auto y abrir la puerta de entrada de la casa exclamó: ¡pero esto es una pocilga! Yo no sabía que era pocilga pero debía ser muy malo porque salimos a recorrer la ciudad con mis hermanos y mi padre al volante de un mehary rosado que conseguimos prestado porque nuestro auto recalentó en la ruta. Divertidos y fascinados con la peripecia, reíamos y gritábamos que íbamos a bordo de la peste rosa. 

Aquella vez en Bariloche fue inolvidable. Habíamos recorrido más de mil kilómetros y parábamos en un hotel del sindicato, lleno de flores y desayunos de tostadas humeantes. Nos hicimos amigos de otra familia, con tres niños de nuestras edades. Un día los grandes decidieron hacer una excursión juntos. Era pleno enero pero nos abrigábamos como en el julio más frío. Subimos a un cerro cercano, anduvimos en aerosillas y llegamos a una cima donde centelleaba el hielo bajo la luz del mediodía. Casi corrimos a esos manchones blancos mientras nuestros padres subían jadeando detrás nuestro. Allí mismo armamos un muñeco y lo coronamos con la gorra de mi madre, que respiraba exhausta por la subida.


La vez del laberinto de plantas en Córdoba hacía mucho frío y nos habíamos aclimatado en el bar del complejo con chocolate caliente y medialunas. Rendidos y felices miramos a mi padre que propuso recorrer el laberinto, anticipándonos que él conocía la salida. Fuimos. Corrimos entre plantas y caminos sin salida. Después de un rato sin detenernos un segundo, nos separamos de mi padre que indicaba el camino a seguir. Llegamos al centro y subimos a un mirador, vimos desde arriba el laberinto verde, perfecto, con sus trampas y descansos. Y a mi padre, que abría los brazos y por señas nos preguntaba por la salida. 




esto continúa! (hasta hoy)

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