Arenas nómadas


  1.   Y arribaron a unas dunas recientes en las que se hundían las bestias por el peso.








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El viento cumple un papel prominente en la formación de dunas. Estas avanzan, se mueven, envuelven a su paso vegetación y caminos a una velocidad inversamente proporcional a su tamaño. Las dunas más pequeñas alcanzan a las más grandes, con las que se fusionan y forman nuevas dunas que crecen hasta los cuatro y seis metros y comienzan otra vez a desprenderse, ganando en velocidad, desprendiéndose de la duna madre. 


Los hombres son imbéciles, no piensan, decía el viejo Gesell ante las dificultades que cada uno de sus emprendimientos le impone. Aunque las sortea y ve en ello su mayor virtud. Al ocio hay que ocuparlo con cosas positivas, dice, y como no puede estar sin hacer nada, mientras no se mueve piensa. Hay unos campos lindantes al mar y un tal Guerrero que incentiva su imaginación y aviva su deseo. Le cuenta y le cuenta. Le habla de pinos y forestación. Lo embala. El viejo piensa en el lugar ideal para generar más madera para las cunas que ya fabrica y vende en Buenos Aires. Ya es un hecho: va a comprar tierras en una playa desierta, sin piedras ni vegetación. Un desierto de arena. Sólo tiene que averiguar si hay agua dulce en las inmediaciones. Mientras tanto lee sobre médanos, sobre ciudades enterradas sin piedad por la furia del viento. La aridez lo preocupa aunque no lo detiene, parece que le da la fuerza necesaria para encarar la travesía de forestar, traer agua y gente, crear una zona próspera en medio de estas fantasmagóricas montañas de arena. 


Diez kilómetros de playa en un total de 1600 hectáreas para trabajar.  Ya instalados en la casa con su mujer y dos de sus hijos, Rosmarie y Bubi, el señor Gesell va y viene desde Madariaga, trae semillas, herramientas. Pasan los días, los meses y la vegetación crece. Acacias, pinos, tamariscos. Precisa ayuda, piensa; ya empiezan a hablar de él como el loco de los médanos. Y resulta que si, después de intentos, inundaciones, experimentos con el viento y la arena, la vegetación se fija, los médanos no se mueven, al menos no lo suficiente para terminar con lo construido. Y la casa. Esa que Gesell construye para la gente que lleva a trabajar a la zona, y también la de las cuatro puertas. Nunca se sabe, ¿y si la arena obstruye una entrada? 




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Primero fueron pinos, casuarinas y cipreses que fueron devoradas por la arena y sus raíces arrancadas con el viento. De aquel intento sobrevivieron tamariscos y los pinos más alejados de la playa. El nitrógeno desvelaba a Gesell. Para 1933 el mejor resultado lo obtiene del melilotus alba, una planta forrajera de origen siberiano y capaz de tomar nitrógeno del aire para ayudar a la fijación de proteínas para que crezcan otras especies. Y así fue: las acacias prendieron en las parcelas sembradas de melolitus alba, alfalfa y centeno. Y también el pino marítimo, el insignis, el álamo, el cipres, el eucaliptus, el sauce criollo y la labertiana transparente o siempre verde. Y el tamarisco. 




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