El viaje que todo lo atraviesa


   Cuando me preguntan de que se trata lo que hago, nunca respondo con una certeza. Soy periodista  y en apariencia el periodismo es el reino de la verdad. O al menos el lugar donde se trabaja para construirla. Pues no. Uno se hace periodista no por todo lo que sabe sino por todo lo que carece. En esto del viajar y hacer periodismo me gusta sentirme incierta, practico el oficio desde ahí. Hay temas que me motivan y según pasan los años, la soledad y cierta quietud me resultan cada vez más necesarias. Este trabajo de viajar me acostumbró a visitar museos, caminar ciudades, contemplar atardeceres, probar comidas, volver al hotel sola y mirar por la ventana mientras se hace de noche. A mucha gente le da tristeza viajar solo. Para mí, el viaje es el pretexto estimulante y necesario para alejarme, repensar, cambiar el ángulo, encontrarme. A veces me obligo a verme como huyendo de algo, desde el escape. Después, cuando estoy en el lugar me dejo en paz, se suspende el juicio y me gusta estar ahí donde soy como me gusta ser. El viaje, también, es una búsqueda. Las fotos en los viajes o las fotos de viajes deberían tratar de transmitir esa ligereza y cambio de perspectiva que busco. Cuando miro fotos, nada me aburre más que reafirmar mis conceptos previos. Ojalá mis fotos transmitan esa incertidumbre ante lo nuevo, donde la búsqueda es previa y posterior. Cuando me muevo, muchas veces sé porque voy a donde voy, a buscar que. El que tiene que estar ya sea un museo, una historia de vida o la obra de un arquitecto. Ese es el puntapié inicial para la exploración. Desde ahí parto y lo más divertido de los viajes y las fotos de viaje son las ramificaciones del camino. Como escribir en un viaje es imposible, sacar fotos me ayuda a escribir mentalmente. Es el borrador previo y necesario. Las fotos transmiten mi estado de ánimo y las saco porque me resulta un desafío el buscar permanentemente la perspectiva.  También tomo apuntes, una forma simple de fijar temas, sensaciones, como una libreta de imágenes. También sé que nada puede ser fijado, que al tiempo no hay como ganarle y que la fotografía es la ilusión de atrapar algo de ese  tiempo efímero y hacer un recorte en su flujo constante...Un poco soy consciente de mi ilusión y también de la volatibilidad de las cosas. No quiero perderme nada pero es tan poco lo que atrapo, pequeños destellos de humanidad, segundos, un cielo, un deseo. Viajo para conocer y para desprejuiciarme. Muchas veces no lo logro, y me hago nuevos juicios para crearme la sensación de tranquilidad: conozco tal cosa porque la fijé. Pues no. Porque no la conozco y quiero pensar sobre ella es que la fotografié, o la caminé o viajé hasta ahí para ver mejor. Y después quiero ver como miré.  No me tengo que olvidar de esta panadería. O de la  librería donde encontré un libro de poemas de una escritora local. O de las cosas que decía el señor del museo mientras subía la escalera en el jardín para cortar una camelia y regalármela.    



A este último viaje lo llamé Viajar liviano. Nada me gusta más que, como en las fotos, sentir cierta liviandad.  Ya sea a la esquina de tu casa o al paisaje más exótico, ya sea para que surja la crónica, la fotografía o la nota con datos útiles para el viajero, para acumular recuerdos, para vivir más, para hacer una pausa, para desarrollar la observación y la introspección o para creer que detenemos el tiempo, el viaje lo atraviesa todo, siempre. 

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