Salto del Tigre


   Muchos me han preguntado que hay en Merlo, más allá del microclima  y esos chivitos al asador de película. Se puede disfrutar del valle, visitando pueblos cercanos y arroyos donde pasar la tarde. Pero, a decir verdad, para visitar Merlo, en San Luis,  tenés que conocer las sierras. Internarte, quiero decir.  Es fácil llegar a Rincón del Este y comenzar a ascender hasta los primeros miradores del filo oeste de la sierra de Comechingones. Allí verás la ciudad desde las alturas,  las vacas pastando en las sierras, descansarás la vista en el Valle de Concarán o la agudizarás intentando develar sus límites.  Además invertirás un tiempo precioso y casi meditativo adivinando las corrientes de aire donde parapentistas y cóndores hacen de las suyas. Luego seguirás camino y talvez se te abra el apetito y conozcas al fin el chivito  en alguna finca solitaria de la pradera. 





   
   Nosotros subimos en  4 x 4 hasta los 2400 metros de altura, cambiamos de provincia con el espectáculo de la gente y su odisea por acampar en altura y ver pasar a los competidores del Rally Dakar.  Vimos drones y gente pintando el asfalto con banderas argentinas. Vimos -y esto fue lo más divertido- y percibimos la cercanía entre nuestro conductor y muchos de los acampantes, saludándose y hablando de autos y naves -lease flamantes camionetas-, de pibes en motos y cuatriciclos que se aparecían después de una curva y "nos hacían altos finos", reconociéndose, haciéndose bromas y al mismo conductor comentar por el walkie-talkie con sus compañeros de travesía a quién habían visto y con quién estaba.  El último tramo es tierra y piedra, bastante complicado, no conviene adentrarse en auto sino se es baqueano. Llegamos a unos baños y un rancho donde algunos de nuestro grupo y otros comerían a la vuelta.  
   Luego de cuarenta minutos de una caminata firme y por momentos intensa -sobre todo en el tramo final- está el Salto del Tigre,  una cascada de veinticinco metros que forma una olla de agua tan cristalina como el océano en el trópico. El agua helada, el cuerpo entumecido dando brazadas hasta llegar a la cascada, chicos de veintipico indicando piedras cercanas ideales para hacer clavados. No, gracias, les digo y miro para arriba y me siento afortunada. Esos segundos de ensueño. 


    Volvemos. Somos apenas cuatro con Toni, nuestro guía, el resto partió un rato antes para probar el famoso chivito. Caminamos en silencio y el silencio es tal que envuelve y calma. Algunos pájaros, el viento y nuestros pasos. La respiración agitada de Toni adelante mío y sus zapatillas que sigo sin levantar la vista.  Es extraño que acá arriba haga tanto calor, dice el guía y mira el cielo. Para un lado y para el otro. Respira hondo y muy lentamente larga el aire. Si, no hay dudas. Está evaluando la presión del aire y la probabilidad de lluvia. Después nos dice que el paseo no es solamente para ver un chorro de agua. Es para que se encuentren con este silencio serrano. Y sigue camino.




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