Transiciones / Al alerce milenario


       Ni la fila de gente en la terminal de Esquel a las ocho de la mañana ni aquellos cincuenta kilómetros en un ómnibus atestado de mochilas logró despabilarnos. Fue al empezar a andar a pié, ya en el  Parque Nacional Los Alerces, con el frío en la cara y el bosque entrando a nuestros pulmones lo que nos impulsó a hablar. Media hora a pié y estamos en el muelle, dijo mi compañera.
      El amarradero en cuestión era Puerto Chucao, donde debíamos embarcar para navegar durante una hora el Lago Menéndez hasta la entrada al alerzal. ¿A dónde íbamos? A una selva ¿Una selva en medio de este paisaje? me replicaron seriamente y certifiqué mis dichos folleto en mano. En la selva valdiviana estaba el motivo de esta expedición: un alerce abuelo, de 56 metros de alto y más de 2600 años de vida. 
   Caminamos a paso regular por un sendero entre coihues, lengas y cipreses cubiertos de helechos, lianas, musgos y cañas colihue.  Llegamos puntuales a embarcar el catamarán que recorrería el Lago Menéndez, con dos guías que alternaban en sus funciones indicando los nombres de los cerros nevados que vimos durante todo el trayecto y el glaciar Torrecillas, aportándonos una valiosa información acerca de los animales en peligro de extinción -paloma araucaria, gato huiña, huemul- los salmones y truchas que abundan en estos lagos del sur patagónico, las especies nativas como el ciprés cordillerano, el maitén, la lenga, el radal y el arrayán.  El alerce, todavía, no aparecía en el relato de nuestros guías. Y tampoco ante nuestros ojos.
   Llegamos a Puerto Sagrario y al descender del ferry la humedad nos recibió. Ahí estábamos, a punto de conocer uno de los diez árboles más antiguos del mundo, el Alerce o Lahuan, talado y explotado durante el siglo pasado para la construcción de techos hasta que la actividad se prohibió y fue declarado especie protegida. Con algunos ejemplares de hasta 60 metros de altura y madera muy resistente, el tronco del Lahuán - que en lengua mapuche significa superar el miedo a la muerte- alcanza los cinco metros diámetro.

  Van a conocer al habitante más longevo del Parque, un árbol que está en este lugar antes del nacimiento de Jesucristo y allí estará probablemente hasta que el hombre llegue a Marte.  Caminamos en silencio. Algunos miran desconfiados hasta que el alerce abuelo está frente a nosotros. Soberbio, de una belleza sin redundancia.  
    No resulta inverosímil, aunque si curioso: este árbol tiene 2620 años y puede vivir más de 4000, con un crecimiento sostenido pero muy lento: apenas un centímetro por año. ¿Cómo calculamos la antiguedad del árbol? pregunta nuestro guía y sin darnos mucho tiempo responde: Simple. Se mide contando la cantidad de anillos de su tronco: cada año, dos anillos nuevos aparecen en su corteza, uno en primavera y otro en otoño.


  Con frío y bajo aquella garúa imperceptible nos encontrábamos en uno de los cuatro bosques de alerces del mundo, con el abuelo a nuestras espaldas, acercando las manos, tocando y admirando su corteza y pensando en el tiempo. Quizás preguntándonos en cuanta sabiduría nos sería trasmitida en aquel acto de contemplación.


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