Sobre el caminar


     Camino para reinventarme, para dejar atrás, para perdonarme y perdonar, para resignificar lo que tengo, para olvidar lo que no tuve. Camino para ver las cosas desde otro lugar, para saber que hay un atrás. Camino para inventar un adelante. Camino para encontrar mi amanecer: camino a la mañana, camino en el cemento, camino en la arena y busco un desierto con flores. Camino empecinadamente. Camino con música. Camino en compañía y sola. Si camino con alguien, hablo y me escucho, vuelvo a mis lugares comunes: transito las mismas palabras, me enredo en mis ideas fijas, me enojo con las personas que me hicieron enojar, me quejo del mismo trabajo y reitero mis juicios. Por eso, prefiero no hablar. Dejarme andar y abandonar el pensamiento a lo imprevisto, distraerme con el cielo, mirar como cambia el paisaje paso a paso, sentir las piernas, la respiración, el esfuerzo. Cuando camino sola me desprendo, me doy la posibilidad de ser otra, me autorizo un nuevo comienzo. Siempre estoy comenzando cuando camino.
  Se suele decir que caminar te vacía la mente. Al contrario, andar te llena el espíritu de una consistencia distinta, nos dice Fréderic Gros en “Andar, una filosofía”.

     Caminar es cambiar el registro, el ritmo. Caminar es tiempo. Es elegir a cada paso la velocidad y la dirección. Cambiar es caminar. Caminar me hace dueña de cambiar el rumbo, de imaginar senderos y nuevos destinos. Caminando me encuentro, veo lo simple, me pierdo en la simpleza de ese acto.  
     Cuando camino me olvido de mí misma. Me olvido de lo que tengo que ser, de lo que esperan y espero de mí. Camino para salir del mundo de la apariencia. Nadie me mira, no miro a nadie. Se suspende el juicio. No tengo que usar ninguna máscara ni parecer inteligente o ser suspicaz en mis comentarios. Cuando camino dejo a la periodista, abandono la crítica, dejo lo que me propongo, me olvido caminando de la ilusión de mí misma. Me abandono. Cuando camino acepto. Me veo y acepto. Cuando camino comprendo. Veo el camino y me maravillo con lo que quedó atrás y tomo fuerza para volver a desear.  Es una brisa, es el sol en la cara, es el canto de un pájaro, es el sonido de un arroyo que serpentea entre las piedras. Porque aquel que caminando se maravilla –el azul de las piedras a la luz de una velada de julio, el verde plateado de las hojas de olivo a mediodía, las colinas violeta por la mañana- no tiene pasado, ni proyectos, ni experiencia.

  Una vida verdadera es siempre una vida distinta, una vida diferente. La verdad conlleva ruptura, está al oeste: para reinventarse hay que encontrar en uno mismo, bajo el hielo de las certezas recibidas y de las opiniones inmóviles, la corriente de lo salvaje: la corriente que bulle, se escapa y se desborda. Somos prisioneros de nosotros mismos. Se habla de la tiranía de la opinión pública, pero no es nada, dice Thoreau, comparada con la opinión personal. Estamos enredados en nuestros propios juicios.

  Camino entonces para sacar a pasear a la eterna niña, esa que no quiere olvidarse de soñar. Camino a su encuentro, para no esperarla en la monotonía de los días. Y quedarme dormida.

¿Y vos? 

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