Las Flores del Desierto – Parte 2


  Estábamos en una playa del sur con una amiga y en una especie de juego que implicaba un reconocimiento parcial de la otra, le había sacado una foto con un cartel que decía "frágil". Ella aceptó la propuesta y esbozó una sonrisa mientras la retrataba. Una ráfaga de viento trajo a la mente de mi amiga una certeza. 

-Ya sé porque te gustan los desiertos- dijo 
-¿Si?- pregunté 
-Si. Porque no hay nada. 

   Kilómetros y más kilómetros del mismo paisaje ¿Es realmente el mismo paisaje? Me arrepiento por no haber traído binoculares. Hay huellas, alambres, plantas, algunas aves que sobrevuelan el bus, hay palabras formadas con piedras. Nombres, señales, posibles recorridos. Creo que en el desierto está todo. El origen y el destino, las huellas del hombre, la caprichosa geografía que nos condiciona y nos hace muy pequeños. Todo está aquí y no quiero que nada se me escape del corazón del Desierto de Atacama. Espero los pueblos fantasmas, espero que el bus tome el camino indicado para ver la mano del Desierto. Pero sobre todo espero el color, lo deseo tanto que me parece ver, a lo lejos, algunas flores ¿Son flores? ¿Ese color es fucsia? ¿Qué estoy viendo? 

   El sol calienta el techo del ómnibus y la temperatura sube sin piedad. La sequedad es la norma, hay arena en el aire que respiramos. Fijo mi vista a lo lejos, en las ondulaciones de la tierra y en ese horizonte fucsia que no sé si es un espejismo o si realmente, son las primeras flores. ¿Acaso no es este el lugar de oasis y espejismos? Lo intento, pero no puedo pensar en otra cosa. Recuerdo al guía que contraté en Buenos Aires quien días antes de partir suspendió la excursión porque “este año no iba a haber desierto florido”, dijo. ¿Ni una flor?, pregunté. “Dicen que no. Aunque nunca se sabe, el desierto tiene sus tiempos y sobre todo, su propia dinámica, a la que sólo podemos acomodarnos”.


    La memoria es redundante, dicen. Repite los signos para que algo empiece a existir. Esta cuestión de hacer la propia exploración y contarlo. Había visto fotos, había soñado con mantos de flores. Amarillos, rosados, naranjas, violetas. Le había dicho a mis amigos: “no saben, hay un desierto con flores” y había estudiado. Mucho.

  Avanzamos por la ruta que une Vallenar con Copiapó, a poco menos de cien kilómetros del destino. Pese a la luz intensa, el calor y el ruido del motor,  todos duermen aquí arriba. Puedo ver más cerca los manchones fucsias que hace un rato eran puntos dispersos y lejanos. Unos metros más y se multiplican; ya no tengo dudas: allí está la flor “pata de guanaco” que se despliega en toda su intensidad a mi alrededor en un manto uniforme a los costados de la ruta.Todo es fucsia. Cada vez más fucsia. Aquí, allá y más allá.   


-¿Viajas para revivir tu pasado?- fué en ese momento la pregunta del Kan a Marco Polo.  

-El otro lado es un espejo en negativo. El viajero reconoce lo poco que es suyo al descubrir lo mucho que no ha tenido y no tendrá. 


Desierto Florido- Desierto de Atacama- Chile





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