El diario íntimo

Piensa en toda la belleza que queda a tu alrededor y sé feliz. 


     Sentada en un escalón a la sombra de un tilo, en la puerta de la casa de cuarenta y tres, leo un libro. El sol tiñe la superficie de las cosas con un fulgor uniforme.  A mis pies, una lona, un vaso con jugo, libros, revistas y un cartel sostenido por ramas que dice librería La Amistad. Las chicharras se empecinan en un canto desafinado, no pasan autos y tampoco gente. 

   Hoy es mi cumpleaños, el primero en saludarme fuiste tú, probablemente el más hermoso de todos mis regalos. Un cuaderno. Espero confiártelo todo como hasta ahora no he podido hacer con nadie; confío, también en que tú serás para mí un gran sostén.

    En un rato estoy fascinada con la inteligencia de la protagonista, sus amigos, salidas y risas.  Ana tiene mi edad y una historia ¿o es que se puede llevar un diario personal sin nada específico para decir? Pienso en el cuaderno con candado, un lugar tan secreto que nadie, solo yo, pueda abrirlo. Estoy desconcertada: ¿cómo un diario puede ser libro y viajar por el mundo? ¿Qué historia hay acá?

   Después de 1940 los buenos tiempos nos abandonaron con suma rapidez: primero la guerra, la capitulación y la invasión alemana, con lo que se iniciaron los sufrimientos de los judíos. Disposiciones y prohibiciones que se sucedieron una tras otra. Los judíos fuimos obligados a llevar la estrella amarilla, a ceder nuestras bicicletas, nos prohibieron subir a los tranvías, salir a la calle, y otras restricciones por el estilo.

    Leo atentamente. El hecho que desencadenará un cambio brusco en la vida de Ana aparece: la justicia alemana cita a la familia Frank y en menos de un día Ana deja su casa. La vemos caminando junto a sus padres bajo una fuerte lluvia, con temor a ser vistos. El rumbo, para ella, incierto. 

¡Ocultarse! ¿Dónde nos esconderíamos? ¿En la ciudad, en el campo, en una casa, en una choza, cuándo, cómo, dónde?

     Comienza entonces otra etapa de la historia que es la que Ana escribirá en su diario.  Deberán ocultarse durante dos años en el anexo del edificio donde estaban las oficinas de la companía de especias y conservas de su padre, en Amsterdan. Se abre ante mí un mundo:  la guerra, los nazis, el ser judío, la persecución, el bien, el mal, todo lo que había aprendido de Dios ¿donde entraba?, la historia, nombres y datos, lugares y fechas. 
  ¡Nuestro escondite sólo ahora se ha convertido en un verdadero refugio. Al señor Kugler le pareció mejor que delante de la puerta que da acceso a la Casa de atrás colocáramos una estantería (...), pero se trata naturalmente de una estantería giratoria, que se abre como una puerta...".

    Siento un cosquilleo en la pierna; me incorporo... doy unos saltos, estiro los brazos...¿Cuánto tiempo estuve así? ¿horas? ¿minutos? Tomo el vaso, doy un sorbo.  Entre las copas de los árboles y los techos de las casas el cielo ofrece trazos tenues de celestes que viran al rosado. Sin embargo, la historia se torna sombría. Ana dice: No te atreves a hacer nada por miedo a que esté prohibido. "Pero estás escribiendo". Digo. Espero. 
 ¿Cuántos diarios tuve hasta ahora? 


 



   ¿Podré algún día escribir algo perdurable? ,  pregunta Ana.
     No lo supo. Después de dos años de encierro, los habitantes de la casa fueron delatados por un vecino y llevados a distintos campos de concentración. En diciembre de 1944, separadas de sus padres, Ana y Margot fueron trasladadas a Alemania y llevadas a Bergen-Belsen donde mueren de tifus  tan sólo un mes antes de la liberación de los detenidos por el fin de la guerra.
   El único sobreviviente de los integrantes del anexo, fue el padre de Ana, Otto, quien regresa a Amsterdam tras su liberación de Auschwitz.  Un amigo le entrega el diario y ese es el principio de otra historia, la de su publicación y la concreción de un sueño que perdura hasta hoy. Alguien le ganó al tiempo haciendo literatura.


La Casa- Museo de Ana Frank se encuentra en en Prinsengracht 263-267. Amsterdam. Las entradas para su visita deben sacarse con antelación por Internet. Desde la estación central de trenes, se puede llegar a pie en 20 minutos. Algunas líneas de tranvía (13, 14 y 17) y de autobús (170, 172 y 174) tienen parada cerca, en Westermarkt.



¡


 




Comentarios