Las flores del desierto

   Tengo una vieja creencia: necesito el movimiento para escribir, pienso que es en un barco, un tren o mirando por la ventanilla algún paisaje en cualquier ómnibus, va a venir la idea. No es algo cierto, claro, como pasa con todas las creencias. Pero hay algo ahí en el movimiento, en el andar que sacude mis neuronas. Cierto despabilamiento de la imaginación. Vienen imágenes, frases, conceptos, ideas para notas. Entonces en la mochila llevo cuadernos ¡Muchos!  Como ocurre siempre con las manías ajenas, provoco risa y cosas tales como "en un futuro vas a tener una librería ¿te gustaría?". "De libros y de papeles", aclaran. Como cuando era chica. ¿Estaremos todos cumpliendo nuestros sueños de la niñez? ¿O sólo algunos empecinados? Como sea, también cargo libros, lapiceras, fibras y la cámara de fotos. Pero como con todas las creencias, ya dije, nunca escribo. Digo, nunca escribo durante el traslado. Miro y escucho música. Estoy sin hablar largos ratos y siento que sin hablar es el estado. Siempre admiré a la gente que puede estar callada durante horas, sin importarle que el mundo se derrumbe.  Ahora descubro que la alternancia es, en verdad, el gran centro. Nunca estoy del todo cuando estoy en casa y estoy algo en mi casa cuando estoy en movimiento. En casa puedo evocar todos los lugares, pero es en el movimiento donde les pongo palabras sin escribir.  Los cubro de textos que imagino escribiré en el trayecto, donde vuelvo a ellos desde el relato de otro y me divierto buscando diferencias.

   Cierro los ojos, estoy en el desierto. El micro avanza lento y en subida. Estoy cruzando el desierto del Norte de Chile e intento escribir. No puedo. Tengo en mis faldas un cuaderno abierto y el libro de Benjamín Subercaseaux, un escritor que levantó bastante polémica cuando lo publicó en 1940 ya que era el primer chileno que iba a hablar de los chilenos mixturando el discurso científico, la filosofía y la metáfora.    Dibujo, escucho música y el tiempo pasa. No tengo sueño y no podría dormirme en este momento: estoy esperando que aparezca el amarillo vibrante que me avise que allí están, lo que vine a buscar: las flores del desierto. ¿Vine a buscar flores en el desierto? Cuando empecé a leer sobre el Desierto de Atacama, el interés se abrió como este desierto que avanza mientras el ómnibus está quieto. Nos detenemos. Pienso que los quiero conocer a todos. Los desiertos del mundo. Me gusta como suena "los desiertos del mundo", me hace imaginarme incansable y viajera. Mentirme. 

   Los desiertos, estos sitios yermos donde la naturaleza desconcierta y en este, el de Atacama, hace que crezcan flores únicas en su especie y además puedan verse unos magníficos cielos nocturnos. Me acuerdo eso que "a la naturaleza le place ocultarse" y pienso en la nota que leí en el hotel acerca de la búsqueda de aguas subterráneas en el desierto absoluto, como también es conocida esta región que estoy atravesando. Saco un pañuelo de papel y limpio la ventanilla. Hay tierra.  No me quiero perder nada, aunque, claramente, no hay nada. Guardo el pañuelo y no es tierra. Es arena. 


Estábamos en una playa del sur con una amiga y en una especie de juego que implicaba un reconocimiento parcial de la otra, le había sacado una foto con un cartel que decía "frágil". Ella aceptó la propuesta y esbozó una sonrisa mientras la retrataba. Una ráfaga de viento trajo a la mente de mi amiga una certeza. 
-Ya sé porque te gustan los desiertos- dijo 
-¿Si?- pregunté 
-Si. Porque no hay nada. 

   Kilómetros y más kilómetros del mismo paisaje ¿Es realmente el mismo paisaje? Me arrepiento de no haber traído binoculares. Hay huellas, alambres, plantas, algunas aves que sobrevuelan el bus, hay palabras formadas con piedras. Nombres, señales, posibles recorridos. Creo que en el desierto está todo. El origen y el destino, las huellas del hombre, la caprichosa geografía que nos condiciona y nos hace muy pequeños. Todo está aquí y no quiero que nada se me escape del corazón del Desierto de Atacama. Espero los pueblos fantasmas, espero que el bus tome el camino indicado para ver la mano del Desierto. Pero sobre todo espero el color, lo deseo tanto que me parece ver, a lo lejos, algunas flores ¿Son flores? ¿Ese color es fucsia? ¿Qué estoy viendo? 


continua!











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