El síndrome del viajero


Los viajeros tenemos nuestras manías. El trasladarse trae, para muchos de nosotros, una serie de cambios que son digeridos por cada quien de muy diversas formas. Problemas digestivos, insomnio, atracones, cansancio, dolores físicos. Fobias y ansiedades que no nos abandonan en nuestros momentos de recreación y allí están, también en los viajes. Es útil conocerlos. ¿Para qué? se preguntarán. Pensemos que nos pasa si algo nos pasa.   



Lo mío viene con los horarios: cierta obsesión con la puntualidad en las salidas y arribos de ómnibus. Eso no termina allí, también en las posibles combinaciones de todos ellos. Conozco su origen, no se crean. En mis épocas de estudiante de turismo nos remarcaron una y mil veces que la puntualidad era casi o más importante que la credencial con tu nombre: “Es inconcebible que alguien llegue antes que el organizador del viaje”, o “no pueden hacer esperar a nadie y si alguien lo hace, ustedes deberán remarcarlo”.  Soy incapaz de hacer algo al respecto. Veo y siento ese cosquilleo que me lleva a ser muy efectiva en la organización de todos los detalles previos a la salida. El pensamiento dominante es la posibilidad de perder el micro y ahí estoy, quince minutos antes, resolviendo cosas. Por mí y por los demás. Perder un vuelo, un tren o un ómnibus, que se vayan sin mí y tener que organizar todo nuevamente. Que desazón. 
Ahora, de grande, cuando llego a destino y voy saboreando el lugar desde la ventanilla, lloro. Casi siempre es al llegar, nunca al irme. Me siento un poco como el escalador que llega a la cima. El destino. 

1

Con los años supe de un síntoma muy particular ¿Oyeron hablar del síndrome de Stendhal? Se lo conoce también como síndrome del viajero, aunque su origen tiene que ver específicamente con las obras de arte. Hoy incluye cualquier situación de viaje, paisajes naturales o sucesos meteorológicos que pueden considerarse “bellos”. El nombre se debe al escritor francés quien padeció una serie de síntomas físicos recorriendo la Basílica de la Santa Cruz. Extasiado en las calles de esta ciudad italiana sintió palpitaciones, vértigo, confusión y temblores. "Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme", nos cuenta en su libro "Nápoles y Florencia: Un viaje de Milán a Reggio". 

Desde allí, cualquier reacción exagerada y romántica ante el goce artístico es, lisa y llanamente, estrés del viajero. Entonces ya saben, si se sienten raros ante un paisaje o una muestra artística, pueden estar haciendo su propia versión del síndrome de Stendhal. 


2
3
Obras:
 1-Ciudad de Florencia
2-Guernica- Pablo Picasso
3-Las meninas - Diego Velazquez

La belleza no es más que la promesa de la dicha. Stendhal.

Comentarios