Como a los buenos sueños

      Volver de las vacaciones lleva su tiempo. Son pocos los que llegan, desarman la valija, ordenan todo y emprenden su rutina como si nada. Irse de vacaciones o hacer un viaje largo también tampoco es tarea sencilla. El viaje requiere un tiempo de aclimatación. No hacer nada o no tener que hacer nada puede ser difícil: son días donde las obligaciones, la rutina, los horarios y la previsión se dejan a un lado y se entra en un terreno nuevo. Moverse sin el horario o la precisión. Eso. Moverse impreciso es algo de lo que te propone viajar.  Hoy me despierto, desayuno, compruebo mi estado físico. ¿Qué tengo ganas de hacer? No todos nos sentimos cómodos ante esta nueva situación. La mente sigue en estado activo y desconectamos esa velocidad de acuerdo a nuestros tiempos. Nuestros problemas no quedan atrás por arte de magia. Por eso, entrar en las vacaciones, al viaje -dure un mes o un año- es algo que sucederá -o no, quien sabe- en el viaje mismo, nunca antes, por más que hayamos planificado cada detalle de nuestra salida. 

I
Era el primer día en un balneario patagónico y habíamos llegado con mi amiga en bus, sin dormir prácticamente en toda la noche por una linda charla con algunas interrupciones que duró nueve horas. Entonces aún no era el primer día en el balneario patagónico. Iba a ser, es otra cosa. No sé si había mucho para contarnos o era esa emoción de emprender una aventura con la correspondiente alegría verborrágica que nos producía el viajar. La charla fue la previa y la puesta en común. Ninguna tenía un objetivo o una meta. Ella habló de buscar algo y yo de una pequeña certeza. Yo hablé enojada de un amigo y ella habló de la posibilidad de leer lo que se puede y quiere leer de las cosas. Y ahí nos fuimos por las ramas, entrando lentamente al viaje.

II
Ahora si: ya era el primer día en el balneario patagónico y sin dormir armamos nuestras carpas. El calor intenso, el hambre y la falta de sombra hicieron que esa mañana, mientras mi amiga terminaba de organizarse yo decidiera caminar las quince cuadras hasta la playa y me entregara a mi primer reconocimiento del mar. El mar, allá abajo, turquesa y ancho. Saque las primeras fotos y volví al camping por calles de cemento y sol pleno. Pensé en mis padres y los viajes, en el movimiento y la fascinación. En contar algo y en leer lo que se puede leer de las cosas. ¿Era eso? 

III
En esto de entrar a los viajes y abandonarse o no a su dinámica, si es que había alguna, estaba pensando aquella mañana de sol pleno en Puerto Pirámides. "No recordaba que este lugar fuera tan lindo", me dije mientras caminaba hacia la playa para desayunar a solas frente al mar. En veinte años, Pirámides creció muchísimo y ya no es un camping a la buena de la arena y el viento.  Se hizo pueblo, con un hotel y algunos hostels, el camping y locales que ofrecen paseos por la Península.

-Acá son un tema las mareas- me dice el empleado de la oficina de turismo. "Y el viento", agrega. "Cuando bajan, tienen que caminar hasta las cuevas de allá". Señala el norte.

El "allá" del empleado son acantilados que recortan cierta similitud entre el cielo y el mar. Las famosas restingas, lo que el mar erosionó. Médanos, piedra y extensas playas con un suave declive hacia el mar. Aunque el cielo hoy está celeste, algunas nubes se reflejan en el agua, que, de tan cristalina, deja ver el fondo rocoso y los moluscos adheridos a la piedra. En otras se ven fósiles marinos y una vez más, todo remite al pasado. A millones de años y la acción  de las mareas y los vientos que modelaron estas costas. Recordé que en el viaje hablamos del pasado como dimensión del presente ya que, según Faulkner no pasa nunca y no puede pasar porque ni siquiera es pasado.

IV
La famosa tormenta eléctrica anunciada desde el día anterior estuvo en nuestras mentes y condicionó algo de ese último día en Puerto Pirámides, el punto de partida de nuestro viaje. El mediodía era abrasivo pero decidimos caminar hasta la lobería. No eran muchos kilómetros y "seguro alguien las lleva", sentenciaron nuestros jóvenes amigos quienes, bajo ese mismo sol dejaban el camping y hacían dedo en la ruta hacia Puerto Madryn. El cielo daba muestras confusas: hacia el norte, celeste y límpido; hacia el sur, donde íbamos, gris plomo y nubes negras. Una vez que alcanzamos la ruta, los truenos nos pusieron en alerta. Muy cerca estaba lloviendo. Miramos hacia arriba y decidimos volvernos. Una vez en el camping comenzaron los primeros relámpagos. Algunos fuimos a la playa hasta que se desató, finalmente, la anunciada tormenta eléctrica. Estuvimos en la garita esperando el bus a Puerto Madryn junto a empleados del camping que gritaban y se reían con cada trueno. Corrimos hasta el ómnibus y como si hubiéramos salido del mar en ese momento, subimos. La calle principal de Pirámides se convirtió en un río que desembocaba en la playa y en el interior del bus entraba agua a chorros por las ventanas. El pueblo quedó a oscuras a las seis de la tarde y así lo dejamos, creyendo que naufragaríamos en aquel río de poco caudal.

V
En unos minutos estábamos en la ruta. Dentro del bus se escuchaba "las rutas están cortadas", "el micro no llega hasta Trelew" y "alerta meteorológico en toda la zona". De a poco la oscuridad quedó atrás con nubes en el cielo que se movían en sentido contrario a nuestro trayecto. Unos minutos más y unos rayos tibios de sol.  La humedad del bus, aquel sol anaranjado y la luz algo irreal generó una atmósfera de ensueño. Mi amiga escribía cosas en su libreta y no dudé en interrumpir su momento de reflexión.

-¿Cuánto tiempo lleva entrar en la dinámica de un viaje?
-¿Cómo salir de una tormenta?- bromeó..
-Entonces lentamente- dije
-Como a los buenos sueños...-concluyó.








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