Los campos franceses


Durante mi viaje de regreso, en auto y en camino a la región de París, me pareció entender cosas importantes. 
Las altas cumbres seguían blancas de nieve, pero abajo ya era primavera, plena primavera. Habíamos atravesado una región de valles con lotes y parcelas de todos los colores, salpicada de pueblitos, campanarios y casas que parecían sin edad. Era la misma región que habíamos atravesado a la ida, claro, pero sólo a la vuelta me deslumbro, y ese paisaje, que una semana atrás me había parecido bonito, de pronto me atrapó para siempre. Quizá porque los colores, mientras estábamos allá arriba en la Saboya, habían tenido tiempo de volverse más intensos. O porque una semana atrás había sido incapaz de verlos así, tal como se me aparecían a la vuelta. Aquellas colinas eran como un mosaico que cubría el paisaje entero, un collage infinito de materias y colores, una inmensa manta, hecha de retazos de tierra y de historia ¡Qué increíble! ¿Y a esto llamaban el campo aquí en Francia?

Laura Alcoba. El azul de las abejas. 


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