Cuadernos de viaje I- El cuaderno de Andrés

Todo venía estando más o menos dicho en un cuaderno naranja con una calco de Vishnu, de tres meses de viaje de antigüedad. Ni la cantinita donde comimos el último pad thai, ni el bungalow selvático de Railay que abandonamos ayer, ni el propio mar sabe decirme si él mismo no lo transporta sobre su lomo, ya todo deshecho y picoteado por los peces y pájaros de este mundo tropical. Como cuando contamos años de perros y gatos, en viaje todo es exageración pura y tres meses son mínimamente un año de vida en un solo lugar.

Ya no recuerdo nada de eso que decía, me quede tranquilo mientras pensaba sobre la ligereza. Solo planeaba abandonar harapos dignos de la hoguera o ese conjunto de nudos de medias tres cuarto tan de más para todo Asia en medio del monzón, pero nunca ese cuaderno chino que nos regaló Magda antes de partir.

Me acuerdo de todas esas maneras de escribir: en inevitable zigzag invertebrado sobre literas de trenes indios, todo apretado y solo apto para lupas cuando ya empezaban a quedar pocas hojas por rayar, metódico en formato diario durante la primer semana seguido de baches aleatorios de mutismo budista contemplativo style.

Siempre recuerdo con una sonrisa al comentarista quilombero, tachonero y multidireccional que añade contra-observaciones al margen, devenidas siempre pero siempre en palabras de más. “Euforismos” varios seguidos de minimalismo abstracto, ideas para un futuro menos próximo mezcladas con observaciones culinarias callejeras de color, frases comunes en nepalí y del uno al diez en sanscrito o urdu por una niña musulmana de Jaipur. Desgloses meticulosos de materiales, texturas, símbolos, estructuras y protocolos de ceremonia en torno a mezquitas, templos, stupas y gompas. Listas de hitazos raperos punjabies y diez cigarrillos con especias que probar. Lo peor es que no solo guardaba palabras, también estaba gordo de dibujos en servilletas arrancadas, papelitos de caramelos de sabores indecifrables, cajitas de fósforos comunes tan extraordinarias para mí, las calcos más increíbles y bizarras que fuimos seleccionando de diferentes puestitos callejeros. Algunas notas de retratos analógicos con la nikon, observaciones sobre videos que filmé y que no. Choreos de libros que encontré en cualquier biblioteca olvidada de las cientos de casas que supimos conseguir y despedir. Mantras que ya olvide como entonar, monstruos del pasado amenizados con revelaciones animistas de un presente prometedor junto a canciones a medio hacer marinadas con direcciones de lugares donde nunca fuimos pero era más barato y se comía mejor. Oda al Lassi, seguido de recomendaciones de otros en trance.

Mientras no escribo flotamos sobre al menos dos de los tantos Ganges, exploramos de la mano lo profundo de un mar y nos adherimos como equilibristas sobre las montañas mais grandes do globo, caminamos y nos perdimos por geografías vagas de ciudades que no terminamos de entender pero que amamos, fuimos testigos de horizontes incoleccionables y nos poblamos de onomatopeyas y suspiros, sobre todo, ante lo que no pudimos nombrar. Adoradores compulsivos de amaneceres y atardeceres, nos llenamos de promesas sobre viajes futuros y nos prometimos volver sin abandonar el sentimiento de quien viaja, ese excursionista privilegiado que es dueño de un tiempo particular y de un asombro paralelo propio de quien está ahí quedándose, pero yendo.


Andrés Sartison


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