Mares / Mediterráneo


La primera vez que estuve frente al Mediterráneo, no lo vi, lo sentí. Era noche cerrada en Barcelona. Llegaba de Andorra, donde había pasado los últimos días escondido en el sótano de un hotel de montaña donde, en latotal clandestinidad, sin papeles, conocidos de Argentina me daban un sitio donde dormir y me alimentaban. Mi guía, un amigo de mi hermana Coni, me llevó a pie por Paseo de Gracia hasta el Raval, donde vivía, y a medida que nos acercábamos al puerto, el salitre, que llegaba por oleadas, invadía la modernidad nocturna de Barcelona.

La Rambla se encontraba atestada de gente. Recuerdo a mi guía diciéndome que la mayoría de las estatuas humanas eran argentinos. Estaba tan desesperado, tan a la buena de dios, que incluso me imaginé haciendo de estatua humana. Nos inmiscuímos entre el gentío, entre los turistas, bajo las fachadas medievales y modernas de los edificios que pronto se convertían en tiendas, restaurantes, terrazas. Caminamos hasta dar con el Maremagnun, el centro comercial del puerto. Detrás ondeaban un centenar de embarcaciones amarradas a sus cabos. Allí está el mar, dijo mi guía. No podía verlo, las luces de todo el puerto dibujaban unas pocas hebras de reflejos fugaces en la total oscuridad de la noche en cuarto menguante, que todo se lo comía.

Lo imaginé. Azul, como en las fotos de Mallorca que había visto, casi sin olas. El viento, que barría el mediterráneo, llegaba helado hasta mi piel. Aquello me sorprendió, porque lo había imaginado caliente, y ahora, parado frente a él, sentía su aliento frío. Pero no me preocupó demasiado. La percepción de su magnitud, de su totalidad, aún a oscuras, me hizo sentir que todos mis problemas y angustias eran tan poca cosa como un simple grano de arena en la inmensidad de aquel mar oculto. Y aquello me calmó. Y desde entonces me sentiría agradecido a aquel mar entre tantos otros mares.

Sacamos los pasajes a Palma en la boletería del Trasmediterránea, y regresamos a pie por el Raval. Sus calles, serpenteantes, atestadas de extranjeros marroquies, indios, africanos, sudamericanos, comenzaban a vaciarse frente a la llegada de la medianoche. El mar, detrás, me seguía.

Matías Crowder- Periodista y escritor

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