Mares / Mar del Plata

      No tengo fotos de niño, no las quise cuando repartimos la vieja caja que atesoró mi madre y luego mi padre. No eran muchas mis fotos de niño. Antes los pobres no tenían cámaras y las fotografías correspondían a ocasiones que debían ser importantes. Memorables.
Cada una de aquellas imágenes contenía su historia. Cuando un domingo con visitas ameritaba el repaso de las fotos, mamá traía de su pieza la caja, la ponía sobre la mesa y la polifonía familiar arremetía con el anecdotario.


       Ahora me piden que recuerde cuando vi el mar por primera vez. Ese día tiene su foto, debe existir aún porque la caja todavía existe aunque yo no la conserve.
La imagen es una composición clásica de la Argentina: de fondo, un lobo marino tallado en piedra y padre, madre, niños, sonrisas. Tomarse una fotografía era una cuestión seria: había un hombre en la rambla del Provincial en Mar del Plata que ganaba sus pesos retratando familias como la nuestra y mucha gente que pagaba precios de fiesta para retener esos momentos en papel fotográfico.
Fue en el enero de 1976, yo tenía 8 años y era el menor de cuatro hermanos.  Aquellas fueron nuestras primeras vacaciones. Nos instalamos en un pequeño departamento a diez cuadras del mar por la peatonal San Martín. Habíamos llegado en tren y tomado un taxi, habíamos dejado las valijas e inspeccionado el departamento, habíamos encontrado una sombrilla de lona y fierro que mi viejo cargo en su hombro cuando todos nos preparamos y nos dispusimos a la que en ese entonces me pareció una larga caminata.
Mi hermano Pablo tenia un plano de la ciudad e iba repasando calle a calle. “Tenemos que pasar las provincias de San Luis, Córdoba, Santiago, Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos y Buenos Aires. Después viene Costanera y la playa”. Ibamos a un lugar de nombre mitológico: “Bristol”….
Recuerdo una zona de arena marrón y dura, el lugar donde papá clavó la sombrilla. “Acá nos quedamos”, soltó satisfecho. Después vino la desesperación por quitarse las remeras y las ojotas y contestar un sí fastidioso a las últimas recomendaciones. Así fue que los cuatro hijos de la familia Peralta emprendimos una carrera desenfrenada al mar y entramos pateando espuma y gritando.
Fue al final de esa jornada cuando posamos frente al lobo marino. La foto se demoró porque tuvimos que esperar que mamá dejara de llorar. “Soy tan feliz”, nos explicó.



Diego Peralta. Músico. 







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