La huella


Faltaba poco para llegar a la mano del desierto de Atacama en Chile, cuando vi las primeras letras de piedra. Dudé. ¿Eran palabras? ¿Decían “Tabatá”? No. Quizás el síntoma del desierto. Había leído que muchos días en soledad traían causas adversas. Pero nada de ver palabras en el paisaje. Más adelante...si, una letra A. Si, eso es una A. Unos kilómetros más y corazones. Grandes, redondos, pequeños, con flechas, sin flechas, con nombres o iniciales.¿Tabatá será este idioma único de piedras y deseos? ¿O un apellido? Imaginé un matrimonio de mediana edad en la misión de escribir “aquí estuvo la familia Sosa” y me ví a mi misma buscando piedras que fueran vistosas desde la ruta. Unos kilómetros más y ya no había dudas. Amor. Con todas las letras. Martín y Adriana, Luis, María, te amo, aquí estuve, Lobos 2012, Paulina, más corazones. Iniciales en mayúsculas, signos de admiración, rasgos personales transmitidos en palabras y piedras. No encontré la mano del Desierto. Pero tengo la huella.

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