Nuestra respuesta al desierto, la mano


Y tiene que haber una razón para que la escritura haya nacido en el borde del desierto. ¿Los habitantes de las grandes civilizaciones originales que se generaron en los valles fluviales no estarían demasiado conscientes de la peligrosas inmensidades que los rodeaban? ¿La escritura no se inventó como una forma de apropiarse de un pedazo de tierra, una escritura que en sus comienzos plantó los cimientos de la ley pero también estableció los derechos de propiedad, diciendo esta tierra es mía y no tuya, y menos aún de la naturaleza, la naturaleza que escribe su propiedad de esta Tierra de manera distinta que las letras de los hombres? ¿No fue el temor al vacío lo que impulso a esos primeros habitantes de las primeras civilizaciones? ¿El miedo mismo nos estaban transmitiendo las rocas huecas de aquellas arenas en las afueras de Caldera esta mañana?
Tratar de establecer alguna forma de permanencia es lo que hacemos, nuestra especie. Todos nosotros, viviendo en pueblos fantasmas, aunque no lo sepamos. Con la ilusión de que lo que dejamos no sea barrido por el viento, de que algo quede a pesar de la corrosión del tiempo. Una mano junto a la otra, una mano en la otra. Fingiendo gloriosamente que perduraremos más que el desierto.

Memorias del Desierto, Ariel Dorfman

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