El viaje del río

Un cañón es un valle fluvial. Largo, profundo, estrecho y bordeado de paredes escarpadas o acantilados verticales. Los hay excavados por un solo río, otros con ramificaciones y brazos que después de cierto recorrido se unen a la corriente principal. Para que se forme un cañón tiene que haber un río de corriente rápida. La velocidad de su fluir será determinante: cuanto más rápido se deslice el agua - la inclinación gradual del terreno tendrá influencia también- el río será más apto para arrastar sedimentos y rocas que desgastarán el lecho. Días y noches de años y centurias, en forma lenta pero incesante y como un escultor que confía más en la constancia de su labor que en el talento, nacerá el cañón y con él infinitas formas que la mirada humana descubrirá y nombrará. 
El del Atuel, en la región de Valle Grande del departamento de San Rafael, Mendoza, cobija al río Atuel y a los embalses Valle Grande, El Nihuil y la represa hidroeléctrica Los Nihuiles, abasteciendo de electricidad a toda la región. Algunas de las formas que el ojo humano creó después de años de observación -y mucha imaginación en algunos casos- son el Museo de Cera, el sillón de Rivadavia, el Lagarto, los Viejos, los monstruos, la ciudad encantada, el mendigo, los Jardines Colgantes, los Monjes, el hongo, el búho, la procesión de monjas, el submarino, la torta de hojaldre. 

Gracias a mi padre, Roberto, que me explicó (de niña) la formación de islas del Delta. 






Por aquí vivía una tribu que fue azotada por una gran sequía e invadida y atacada por el hombre blanco. Se salvaron una madre con su hijo recién nacido Atuel quien, arrasada su tribu, caminó a las altas montañas rogando a los dioses que enviasen agua para los sobrevivientes y ofrendó su vida y la de su hijo. Al momento de morir, cada uno dejo caer una lágrima que dio origen a un caudaloso río que se abrió paso por la tierra reseca hasta llegar a la aldea. 

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